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II.
Historia de la celebración en México
prehispánico
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Tlalocan: Este era el hogar de Tláloc, el dios de
la lluvia; a este lugar iban quienes fallecían en circunstancias
relativas al agua: los ahogados, a quienes les caía un rayo,
enfermos de gota o hidropesía, sarna y bubas. También iban allí
los niños sacrificados en honor al dios; los muertos por este
tipo de causas, no eran quemados sino enterrados, para respetar
el tipo de elemento del que ahora hacían parte.
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Mictlán: El lugar para quienes morían de muerte
natural, donde habitaban los señores de la muerte
Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl; este era considerado un lugar
oscuro, del que ya no se podría regresar. El camino para llegar
era muy difícil de recorrer y llevaba alrededor de cuatro años;
pasado este periodo, las almas alcanzaban el Chignahuamictlán,
donde podían descansar o perderse.
Por
las dificultades del camino, los muertos eran enterrados con perros,
quienes podrían ayudarles a cruzar un río y llegar ante el señor de
la muerte para hacerle ofrendas como hilos, mantas y algodón;
quienes iban a Mictlán, recibían cuatro flechas y cuatro antorchas
atadas con hilo de algodón.
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Chichihuacuauhco: Este era el lugar especial para
los niños muertos; en el centro del mismo, estaba sembrado un
gran árbol y de sus ramas goteaba leche para alimentar a los
pequeños, hasta el día en que se destruyese la raza que habitaba
la tierra y se les permitiera volver
Por
otra parte, se acompañaban los restos de los difuntos con diferentes
utensilios, algunos que les habían pertenecido en vida y otros que
les serían útiles para llegar al lugar del descanso. Algunos eran
enterrados con instrumentos musicales, estatuillas, braseros, mantos
de colores, algodón, antorchas e incensarios.
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